FLESH AND JEANS
Una de las combinaciones más sugerentes que se me ocurren para un cuerpo femenino es la siguiente: torso desnudo y unos jeans. El contraste de colores (la piel -nacarada o trigueña- flotando sobre el océano azul que ciñe la cintura) y el cocktail aromático (de carne, tela recia y perfumes yodados que emanan del jardín secreto), algo tan simple en su sacralidad que embellece solamente a las mujeres de femineidad profunda, personal e intransferible.

La tela vaquera, máximo signo de mi época favorita (los 70, aquel tiempo en que las putas se vestían de hippies, de acólitas mansonitas, de panteras simbionesas, y hacían dedo en las carreteras porque sólo vendiendo naturalidad, contestación soreliana, sentido del viaje -topográfico, psicotrópico...- y pilosidad agreste podían lograr que alguien las encontrara deseables: sólo en los 70 las putas eran obligadas por su clientela a reeducarse -al menos en atavío- bajo la férula guerrillera de Artemisa, bajo la varita intelectual de Atenea).

La bruja Persey, entre sus mil atuendos, no puede excluir los jeans, como buena hija de Lilith, la transgresora cuyo presente es eterno.





En los 70 los vaqueros se estrecharon, se ciñeron al límite. El dobladillo rocker fue sustituido por las patas de elefante, que ensanchaban hacia el final lo que ahogaba en su meollo. Tiempos idos con el SIDA, excesos en mi infancia. Cuando aquel tejido denim terminó siendo sacralizado por el niño Maciste. Paquetes moldeados, traseras que al agacharse se transformaban en algo tan pintoresco como monstruoso (agachadas que en sus más benditos casos enseñaban la ropa interior, o en su defecto ultaclimático, el principio de la raja cular). En mi adolescencia era tal mi obsesión por los vaqueros en los demás que me negué rotundamente a ponerme durante esos años prenda tan delicada. La concebía como se pueda concebir cualquier ropaje de sex shop pero mejor (pues estos son tan sofisticados como carentes de morbo). Era por ello que tendía yo a la pana ( en desfase bestial con respecto a mis compañeritos. Pero ¿cual era la alternaiva?. ¿Quizá aquellos odiados tergales con los que me amenazaban mis papás, tergales para los domingos y fiestas de guardar cuyos picores los recuerdo como una de las torturas más grandes del sadismo de mi infancia?). Pero nunca me verías con vaqueros. Contaba con un par que utilizaba para manosearme por encima de ellos hasta llegar a eyacular mi pasión fetichista sin freno. Por lo demás, no quería inmiscuirme en los atrezzos favoritos de los protagonistas de mis fantasias eróticas (además con mi complejo de alfeñique, haría el ridículo total. Jamás caería en el exhibicionismo obsceno de otros ilustres caminantes de mi ciudad o de los más deportistas compañerines de colegio).
Fijación por los gastados por la culera, por las despistadas abiertas pitrinas, por los rotos (no al estratégico modo, sino como parte de algo casual y lógico tras duras jornadas de trabajo obreril). Y cuando algunos protagonistas de la bluejeansmanía se fueron haciendo realidad (a mis ojos, porque mis amantes eran bien concretos y nada mitificables) les exigía que viniesen a mi con determinado pantalón que tan bien les quedaba... para en el preámbulo amatorio bajárselo lentamente, luego subírselo hasta provocarle la confusión del que "no sabe". Olisquear, morder, ensalivar puntos estratégicos... El rito al blue jean ha sido, en definitiva, uno de los mas intensos goces a los que me he acogido desde siempre. (Comment this)
Al señor Maciste: no es exactamente el fetiche por la prenda ni mucho menos el fetiche por el modelo masculino con la prenda (estereotipado por la publicidad y el cine y cuyo tótem -Dean- jamás me atrajo), sino esa imagen mucho más perversa de la mujer a medio desnudar y con la prenda (el único varón que me resultó sugerente de esa guisa fue Junior en los dibujos y fotos que ornaban las cubiertas de su segundo álbum para RCA y, por supuesto, el efebo del PARA TI pero, en ambos casos, los rasgos femeninos o, por lo menos, muy ambivalentes eran los que me atraían). (Comment this)
Presento mis respetos a modo de enlaces.
Una filia compartida de viva voz:
http://www.dailymotion.com/relevance/search/louis%2Bferdinand/video/x19k41_celine-entretien-avec-louis-pauwels
Y tal vez el más bello de los obituarios posibles (¡qué cuca cabaña!):
http://www.youtube.com/watch?v=e8YfetyvDXM
Dos mitos de mármol
Acabo recomendando un efebo: el Ignacy de "Transatlántico", perversión Gombrowicz. Ignacy, mocito en exilio argentino tras la caída del Sanacja. Hijo de militar, babeado por una buena ralea de compatriotas polacos; rubio y ambiguo (como si su cuerpo fuese el cuerpo de la nación añorada. Un cuerpo/nación -o pulsión sexual identitaria-).
En fin, me vuelvo al porno.
Salud. (Comment this)
Aprovecho para explicar un poco el sentido de esta entrada: como ya dije en la intro del blog, hay bastantes fetiches de ropa íntima femenina que me resultan antilibidinales (lencería, corsés, ligueros, picardías, medias color carne, fajas...) y pensé dedicar una serie informal a las prendas (o, mejor, combinaciones concretas de prendas) que me resultan visualmente excitantes. Ahora que lo pienso, esta no sería la primera entrada, sino la segunda (considerando como primera de la serie la canción de Alberto Bourbon -canción cuyo contenido en Japón causaría estragos y que bien podría haber ilustrado, en vez de con la foto de Hermione cum laude, con una de estas ninfas de Shibuya vestidas de colegiala). (Comment this)