MOIRA KELLY
Cuando inauguré mi travesía por Internet, allá por junio del 2000, este nombre fue lo primero que escribí en un buscador. Su belleza extraña, tan extraña, con un aura obsesionante de anómala fragilidad, entre autista y poseída por Otras Voces, siempre la asociaré con su debut en EL NIÑO QUE GRITO PUTA (esa figura sudorosa, convulsa, alucinada, siguiendo como un perrito al belígeno protagonista: nunca me pareció tan atractiva una institución psiquiátrica como con Moira dentro...).

Hay otros trabajos interesantes (AMOR, MENTIRAS Y ASESINATO –una de sus primeras apariciones, en una serie de estas basadas en hechos reales, de crímenes en familia y tal, donde hacía un papel muy similar, de adolescente traumada y como fuera de este mundo, al que ese mismo año bordaría en EL NIÑO QUE GRITO PUTA-, LA HISTORIA DE DOROTHY DAY –un biopic para tv sobre una activista social norteamericana con inquietudes religiosas que, en pleno enamoramiento de Simone Weil, me causó un impacto notable y me dejó claro cómo, si alguna vez se proyecta llevar a la pantalla la vida de la santa francesa, Moira, con su expresión arrebatada mitad locura mitad pureza, supondría la elección ideal-, LITTLE ODESSA –una especie de MALAS CALLES pero centrada en un ghetto de población eslava- y AMANECER –fábula antiutópica sobre las paranoias en torno al SIDA-) pero también unos cuantos que me producen ese desconcierto que siento siempre cuando me encuentro a una actriz que adoro en extremo en una película o serie que no me entusiasma: así, CHAPLIN (otro interminable tostón de Richard Attenborough, el artífice por antonomasia de tostones interminables –parece mentira que alguna vez dirigiese algo tan ominosamente ameno como MAGIK, primera incursión de Anthony Hopkins en la dimensión tenebrosa-), EL ALA OESTE (serie irregular y profundamente tramposa a mayor gloria de Bill Clinton, donde la moraleja viene a decir que si el responsable de bombardeos, torturas y masacres en países lejanos y rebeldes a la férula imperial es guapetón, con cierto aire kennedyano, del Partido Demócrata y pone cara de profunda meditación antes de dar su aquiescencia a una nueva barbaridad, la cosa es válida e irreprochable y no hace falta movilizar a Michael Moore ni a los histriones tongados de la prensa progresista) o FUEGO, CAMINA CONMIGO (la plúmbea y deslavazada secuela cinematográfica de TWINN PEAKS -donde, aparte de la presencia de la Kelly, lo único a destacar es la espléndida banda sonora, superior incluso a la de la serie televisiva-).

Ese rostro perpetuamente infantil, esos morritos insaciables de cariño, esos ojos chispeantes y angustiados a un tiempo, acompañaron mis primeros paseos por la red y, buscando, buscando, me fui percatando de cuántas de las presencias que me interesan son en buena medida ignoradas por el común de los mortales pero sumamente queridas por una selecta minoría. Sin duda, Moira Kelly es, en ese sentido, una figura de culto.






















