(escrito una tarde del pasado julio)
«También la resistencia es una cortesía. El que es libre se muestra tal como ha llegado a ser, independientemente de que se adapte al sistema o no. En cualquiera de los casos sufre persecución. No camina por sobre la alfombra de las concepciones dominantes, y cuando éstas lo estimulan, es de una manera distinta de la que se espera.» (ERNST JÜNGER, «EL AUTOR Y LA ESCRITURA»)
Estoy leyendo aforismos e impresiones jüngerianas por partida doble (EL AUTOR Y LA ESCRITURA y PASADOS LOS SETENTA II -edición francesa-) y, como un tempestivo trueno, me viene a la mente la frase de Rafa, el maestro zen: «Cuanto menos tiempo de vida nos queda por delante, más debemos valorarlo y no perderlo con gilipolleces» [dicho con más palabras: no perderlo en situaciones o con gentes a las que no hallamos sentido y que nos acaban obligando a preguntarnos "¿QUE COÑO PINTO AQUI?"]
No creo en lo bueno frente a lo malo, ni en lo bello frente a lo feo. O mejor, sí, considero bueno y bello todo lo que me resulta interesante, todo lo que me eleva de alguna forma, y malo y feo todo lo que me parece carente de sentido o sórdido o falto de coherencia o caprichoso o deshonesto.
Busco gentes a las que amar, apreciar, con las que empatizar y sentirme acompañado (y no, como en una pesadilla kafkiana, solo entre la multitud). Que me conmuevan con su llama interior y no me asqueen con su vacío.
Gentes que asimilen y creen cultura (y cultura no es pedantería sino todo aquello -por muy ínfimo bajo la óptica de los prejuicios- que, desde nuestra más intransferible subjetividad, nos dice ALGO, nos hace CRECER, nos impulsa a lo INCONDICIONAL -lo contrario, el cálculo, la manipulación, la cosificación, la cuantificación, la explotación del entorno, el empobrecimiento intencionado del espíritu, la prostitución voluntaria, la picaresca, la traición a los demás y a uno mismo, es puta civilización y, por tanto, ANTICULTURA-), que no conviertan en irrelevante todo lo que tocan, que se obsesionen y sufran y rían y no sientan pudor de manifestarse como algo más que clones de Santiago Segura (o, aún peor, de sus homólogos femeninos -una mujer jugando a ese juego es mucho más imperdonable que un varón, sencillamente porque Lo Femenino se halla más cerca de la Gracia/Naturaleza y, por tanto, la falta es mayor-), que prefieran construir mitos a profanarlos, que tiendan a la admiración y no al escupitajo, que oteen siempre el horizonte y no hundan su atención en la taza del wáter.
Supongo que estos berrinches me los llevo por meterme en corral ajeno. Tengo la inveterada y autodestructiva costumbre de sobrevalorar a la gente que acabo de conocer, de considerar que hay más empatía de la real. Es uno de mis muchos rasgos infantiles, olvidar a cada momento mi condición anómala, creer que cualquiera puede interactuar conmigo con naturalidad y simpatía, sin la distancia del visitante en la feria de monstruos o de los ciudadanos del Mundo Feliz que lanzaban cacahuetes a John el Salvaje en su recinto acotado cuando él sólo intentaba comunicarse.
Por fortuna, a veces se produce el milagro y algunos elementos están dispuestos a entrar en la jaula y hacerse amigos del ornitorrinco, comprendiendo que aunque, formalmente, pueda parecer que los separan mundos, tal vez ni ellos son tan normales en su frikez modelada y alentada por el Sistema ni las cosas realmente anómalas que expresa el morador de la jaula son tan ajenas a ellos como se les quiere hacer creer.
«Temoignage de ce qu`ajourd`hui, il n`y a plus ni écoles, ni élites, mais seulement des solitaires.» (ERNST JÜNGER, «SOIXANTE-DIX S`EFFACE II» -frase subrayada por el maestro Rafa C.-)

ilustración: Kay Sage