KATZELMACHER

Tercera recomendación de Charlie. Y segundo largometraje de Fassbinder.
¿Primera impresión?: sketches de parejas. Reflexiones concisas sobre el desamor y la relación de pareja esclerosada en mera convención. Argumentalmente, Bergman (o, dado lo inmediato y telegráfico -sin la morosidad del sueco, sin ese tempo trascendente, por evocar a Schrader-, una anticipación de Woody Allen guiñando a Bergman -también por lo costumbrista: hay algún destello, sobre todo cuando las chicas cotorrean y viborean, que me hace sospechar cómo Almodóvar en su ¿QUE HE HECHO YO PARA MERECER ESTO? pudo tener en cuenta este film-). En la forma, otra vez me viene a la retina Kitano (esa parquedad en la realización -bucles de imágenes que asocio con THE KIDS RETURN, BOILING POINT, A SCENE AT THE SEA… y que resaltan la endogamia del grupo, con ecos del tedio sudoroso abocado a la violencia de LA JAURIA HUMANA-, esas collejas de los megamachos a sus pibas, ese rijo perverso del más gallito haciendo chapas con un tal Klaus -vuelta a la ironía de BOILING POINT-).
Una frase (también acorde con mis lecturas simultáneas de Drieu): “EL AMOR SIEMPRE TIENE QUE VER CON EL DINERO”. Y, en efecto, no paran de hablar de dinero, de putear, de chapear, de explotar, de reprochar, de quejarse, de codiciar, de soñar con medros económicos… Tensión constante del dinero sobre los soplos al corazón.
Otra frase: “NO HAY AMOR SIN DOLOR” . Y la letra entra en el espectador a base de collejas, de amenazas, de ansias wienerdoggies de violación por parte de la más callo del grupo, de expeditivas prácticas abortivas por imposición del macho contra la voluntad de la hembra (que al final no funcionan y la cosa acaba en boda -no sólo durmiendo sino casándote con tu enemigo: la realidad, mostrada con el escalpelo cruel de RW, nada tiene que ver con las leyes y ministerios virtuales de ZP y su gabinete de aloisas ignorando morloks a golpe virtual y avestrucesco de slogans, de consignas sin vocación de jurisprudencia, de gestitos inanes-),.
Una escena: la chica Mirinda bailoteando y cantando a capella algún hit biodegradable de discotheque.
Otra escena: cine mudo bajo los balcones floridos (o cuando, a la vera de un puente, el griego Yorgos reposa su tapiriano perfil -sí, lo encarna el propio RW, esta vez con un punto de estolidez cómica que me llevó a pensar en el indolente y antiheroico Kikujiro-). Cine mudo o fotos viejunas como de porno protovintage en exteriores.
El tedio recalentado (resuelto hasta el momento con folleteos agresivos, collejas y ataques verbales de los machos -y de la mujer dominante, la explotadora, a su marido calzonazos-) muta con la irrupción del inmigrante Yorgos, elemento catártico similar al Robert Redford de LA JAURIA HUMANA (bueno, a Redford y a Brando -ya que las hostias se las llevaba este último, como metáfora en la cual Cristo y Pilatos parecen fundirse en un solo ser-). A partir del tópico sureño de la basurilla blanca que acusa al negrata de violación al ser rechazada por éste, la película entra en una dinámica distinta: todas las energías se catalizan hacia Yorgos. Las ansias destructoras abandonan la entropía endogámica y, en plena histeria de fusión grupal, hallan el chivo expiatorio. Envidia de los varones ante el presunto pollón del griego, despecho simétrico de la callo y del calzonazos (éste, al verse relegado aún más por su señora con la llegada del griego) que se traduce en explosivos chismorreos que precipitarán la tragedia (tragicomedia, mejor -por el desapego nihilista con que Fassbinder muestra los acontecimientos: es lo que hay, sin énfasis ni signos de exclamación-), sentimiento de inferioridad de las otras hembras ante lo que posee la explotadora (que, en realidad, sólo parece tratarse de un bulo: será la rebelde Hanna Schiagulla quien se liará con el griego y acabará soñando nietzscheanamente con huir hacia el Mediterráneo en su compañía -¿sueño cumplido?: se enuncia pero no lo vemos cumplirse, suspendido en la expresión hosca de Yorgos, padre y marido en su país natal, que rumia los pros y los contras mientras su amante se adormece sobre su hombro embobada ante sus propias esperanzas-).
Una escena más, perfecto resumen de la segunda parte (también digna de Kitano -¿el de BROTHER?-): antes de la paliza, Yorgos.brinda repetidamente con dos megamachos que planean castrarlo y/o asesinarlo (conversación que le resulta ajena al no entender una palabra de alemán y al hablar los otros en voz queda).







