Hace unas noches soñé con Phil Ochs.
¿Mis datos sobre él?: haber visto repetidamente en mi adolescencia un disco suyo vestido con su famoso traje dorado en las rebajas de Discoplay (siempre estaba ahí y a muy buen precio pero nunca sentí el impulso de comprarlo porque aquella portada me parecía muy kistch -¿quién era ese tipo, un crooner de Las Vegas, un country rhinestone, un homólogo de Liberace?- y me echaba bastante para atrás) , y muchos años después la lectura de cierto artículo aparecido en MONDO BRUTTO que se complementó con una larguísima y apasionada charla de Galactus y Dildo a la vuelta de un viaje de distribución de revistas, donde me quedó claro que el tal Ochs era una figura totémica para MB. Supongo que me pondrían alguna canción suya, pero no consigo recordar una sola nota cantada por este señor.
En el sueño, nuestro hombre es un desecho humano apoyado en una barra (¿de un local donde pincha Charlie M?) que oscila constantemente entre dos rostros según el estado de ánimo: Stephen Rea (cuando se le ilumina la mirada evocando algún pasado triunfo) y Billy Bob Thornton (en los momentos en que se le ve más tirado); ambos rostros orlados por un corte de pelo a lo Bryan Ferry en la portada de su primer lp en solitario.
Lleva su traje dorado (a veces, delirando, asegura que está hecho de un material tejido con el vello público de la difunta Nico y empastado con las lágrimas condensadas del no menos fiambre Lenny Bruce), del cual no se puede desembarazar (cual capuchón del barón Zemo o chapapote de simbionte arácnido) y que, aparte de haberle traído mal fario (algo que, creo recordar, ya apuntaban los bruttos en su artículo y charlón), le obliga a ingerir exclusivamente alimentos que contengan oro en su composición con el consiguiente encarecimiento de su cesta de la compra.
Acuciado por sus necesidades económicas, se nos ofrece como manager, coautor y vocalista de acompañamiento a Charlie y a mí. Nosotros dudamos, al ver su deplorable aspecto y la desagradable costumbre de escupir al hablar, unas rociadas brillantes y metálicas, como si salivase mercurio pero de otro color. Prometemos pensarlo y nos alejamos intentando limpiarnos los espurreos que parecen solidificarse como escarcha. Entonces, comprendemos que estamos cubiertos de oro y, habida cuenta del contexto en que este preciado metal se nos ha deparado, ello no nos produce ninguna satisfacción. Phil Ochs nos ha contagiado su mal y sus carísimos hábitos y ya sólo podremos alimentarnos con viandas y bebidas que contengan oro.
En plena crisis, con una situación financiera de risa y encima esto...Con el ánimo por los suelos, nos alejamos en la madrugada por el borde de un río enorme que parece el Sena intentando arrancarnos las escaras áureas pero no hay modo.
Entonces me despierto con ganas de orinar.
ilustración: THE LEFT HAND (a partir de una foto de CASILDA D. MENTE)