10/09/2007

A LA SOMBRA DE HONEYBUNNY (1)

 

LIGEIA Y LA SEÑORA PEEL


Siempre me han dado envidia las gentes como T.E. Lawrence, Ramiro Ledesma o Abimael Guzmán (o ¿por qué no? también el John Doe de SEVEN) que pasan de la lectura compulsiva y la grafomanía no menos feraz en el gabinete de estudio a la acción más desenfrenada en campo abierto para así culminar y consumar todos sus fantasmas. En mi caso siempre intuí la necesidad de tener al lado una entidad femenina tan anómala o más incluso que yo para lanzarme a tal vorágine. Su ausencia explica que tal vorágine haya quedado (como la tierra de leche y miel para el Charlton Heston que recibió las tablas) fuera de mi alcance.

Esa sombra constante (que, como se irá viendo a lo largo de este ciclo, nunca llegó a encarnarse salvo como conato, bluff o fake) no acabó de esclarecerse plenamente ante mis ojos hasta descubrir en los 90 la dualidad tarantinesca Honeybunny/Mallory Knox: fue entonces cuando se me desveló por primera vez con nitidez hiperrealista.

Sus primeros avatares me llegaron en mi infancia cuando, casi a la vez, descubría a la vampírica Ligeia y a la autosuficiente señora Peel. La incitación al terrorismo intelectual que implicaba la figura de la primera, posada como el cuervo de Nunca Jamás sobre el hombro del narrador, y la mezcla superheroica de doctorado científico y artes de autodefensa que caracterizaba a Emma, mejillas de manzana y talante de esfinge hipercool (con su punto de humor inglés carapóker -los chistecitos de Bruce Willis entre mamporro y mamporro en la saga DIE HARD son un plebeyo epígono de las agudas observaciones con que nuestra heroína respondía/completaba las ocurrencias de su comrade Steed-), marcó mis primeros atisbos eróticos con uso de razón. En tanto, los últimos meses de parvulario, para colmo y remache, se producía el encuentro cotidiano con Calleja, mi guardaespaldas, la primera hembra de aspecto osuno que se interesó por mí y que, acogiéndome bajo su protección, me protegía de las asechanzas del matón de la clase. Con ella hasta tuve un simulacro de boda (o así me lo pareció entonces) cuando hicimos la Primera Comunión codo con codo, ella de blanco y yo de marinerito de Gilbert & Sullivan.

Aquellas tres presencias, la daimónica, la épica y la compañera de pupitre, pese a desvanecerse temporalmente ante la llegada de nuevos avatares, conformaron el troquel que me acompaña hasta hoy, siempre esquivo, siempre frustrante, y siempre, por tanto («¡OH, VEN, VEN TU!»), generador de creatividad (ya que no de realidades) en forma de cómics, cuentos, canciones o impresiones melancólicas en el ciberespacio.

Cuando inicié mis autoanálisis en la red, recuperé a Ligeia y a la señora Peel (a la que -es curioso- el padre de Charlie Mysterio había dedicado su mejor canción a comienzos de los 70, según me comentó éste al poco de iniciar nuestra colaboración -lo que interpreté, creo que con buen sentido, como augurio de una andadura en común larga y fructífera-) en el texto LA MUJER ILUSTRADA.

 

Posted by EL ZURDO at 01:28:13 | Permanent Link | Comments (0) |
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