FAKES
(con un saludo al number 77, el hombre lefante)
(recupero, actualizada, para este blog una de mis primeras reflexiones eróticas aparecida en LINEA DE SOMBRA y hoy bastante hecha polvo en su servidor original)
Los fakes son muy (pero que muy) anteriores a Internet. Existen en la plástica de otros siglos (pensemos en «La maja desnuda» de Goya -fake a la inversa: esto es, cuerpo de famosa y rostro anónimo-, en la estatuaria romana -a un rostro de senador fondón y con varices se le calzaba un torso olímpico y hercúleo- o en los humanimales -harpías, esfinges, sirenas, gorgonas...- del simbolismo -hay, por cierto, una especie de fake de la bastorra Mónica Naranjo remedando el cuadro mas célebre de Alexandre Seon que a quienes amamos a los pintores del alma, nos tiene por fuerza que corcovear el kundalini de pura grima-). Existen fakes en la cirugía (bien cirugía profesional -recordemos los trasiegos del buen doctor Frankenstein/Branagh intentando encajar la cabeza de Helena Bonham Carter en el tronco de su prima en tanto La Criatura/De Niro, lleno de rijoso furor, reclama su libra de carne nupcial- bien cirugía amateur -John Moulder Brown bricolageando la mujer perfecta en «LA RESIDENCIA»-). Existen fakes en la taxidermia (ahí la sirena -cruce de feto amojamado y raspa de mújol- que nos brindaba «LA PELLE» en la versión de la siempre truculenta Liliana Cavani). Existen fakes en la moda del cuero (el Buffalo Bill de «EL SILENCIO DE LOS CORDEROS» y sus labores de modistilla). Sin olvidar el fake preferido de Solana y Gómez de la Serna, los falsos cuerpos pintados de las ferias (en los que uno encaja la jeta y aparece transmutado en gitana, bárbaro hibóreo, centauro o rústico pariente de supermaño).
Hay un punto blasfemo y antiautoritario en los fakes (también aquí se recoge otra herencia: los graffiti carcelarios y de retrete inspirados por figuras femeninas símbolos de jerarquía y/o virtud -en esta línea se hallarían los Ángeles pechugones que Hume Cronyn pintaba en «EL DÍA DE LOS TRAMPOSOS» para deleite de los penados-, lo que -si tenemos en cuenta que la presente antiutopia occidental no es sino una inmensa mezcla de retrete y prisión panóptica en régimen abierto- resulta de una coherencia perfecta). No es casual que entre las mujeres más fakeadas de la red se hallen una funcionaria auténtica (la anterior inquilina de la Casa Blanca y hoy flamante senadora) y otra ficticia (la agente Dana Scully de la Oficina Federal de Investigación). Huyendo de la feracidad suckcionadora y felante de los trabajos a los que una y otra son sometidas por los fakires (y que, por fácil, acaba haciéndose un recurso monótono), he elegido tres curiosas obras dedicadas a Scully (con reminiscencias, respectivamente, de la marveliana Yocasta, del Magritte más erótico y, por supuesto, de los propios x/files -con Dana en plena abducción acosada por criaturillas galaxiales-).



Las chapuzas tienen su pase si la intención es humorística (aunque también aquí queda mejor el chiste si la realización esta cuidada): tal vez la más impresionante colección de fakes humorísticos la haya dado la familia Bundy («MATRIMONIO CON HIJOS») con sus diversas connotaciones: Christina Applegate, poco dada a desnudarse (contrariamente a la procacidad naif del personaje que la hizo famosa), es, en solitario, otra de las reinas de esta galaxia; Katey Sagal cuando, a mitad de la serie, se recauchutó las delanteras, comenzó a convertirse en fake de sí misma y, un lustro después, en fake metalingüístico al prestar su voz a la ciclópea y seductora Leela; en cuanto a los varones Bundy, en los fakes, por la vía del incesto, se les condena a practicar una y otra vez con hermana, madre y, en ocasiones, vecina, lo que en la serie nunca cataban.

No pocas veces, son actrices clásicas las inspiradoras de estas ciberjoyas como la seráfica Audrey Hepburn (hecha carne por la magia del fake en manos de un nieto de aquel Hume Cronyn ya mentado que pintaba ángeles de rotundos contornos), la volcánica Susan Hayward o la mismísima novia de Frankenstein (y esposa -valga la flinflunflancia, al menos a nivel estético- del inmenso Charles Laughton).



Figuras menos regias en el campo de la interpretación pero auténticos cracks para la inspiración de los fakires (caso de la marsupial Alison Hannigan o de la hiperactiva Calista Flockhart), sin embargo, han hallado quienes las rediman de las galeras trucadas de mamadas y enculamientos en algunas poses mas artísticas.


Pero quizás, entre los fakes más creativos hallados en la red, incluyamos este de Christina Ricci mutada en muñeca y sita en un ambiente lóbrego (con ecos que evocan las fantasías de Terence Stamp en «EL COLECCIONISTA»), y este otro de Wynona Ryder en plan luciferino.


Está claro que no se puede fakear con soltura e imaginación a quien ya, de hecho, es un fake: ¿qué aliciente puede tener un fake de Morgan Fairchild, la criatura más artificial que ha dado Hollywood? Así, en páginas de fakes se dan como tales poses auténticas de la Fairchild y a la inversa (fakes se vuelven fotos auténticas sin que el límite entre la realidad y la ficción quede nunca claro en una criatura tan irreal). Y, con un caluroso recuerdo a dos ilustres adeptos a las mixtificaciones (Edgar Poe y Orson Welles), os dejamos que disfrutéis de este arquetipo de la self-made woman. Y el verbo se hizo Barbie...


