A LA SOMBRA DE HONEYBUNNY (4)
REPLICANTES

En las fotos que mi osita tomó de nuestra guitarrista Clara en la sala SOL hace ahora un año me llamó la atención la cantidad de veces que salía con los ojos rojos. Normalmente esto se considera un defecto y en los programas de retoque fotográfico hay siempre una herramienta para corregirlo. Sin embargo, a mí me parecía que, en este caso concreto, potenciaba su carisma icónico (ese contraste entre su emotiva meticulosidad en la ejecución instrumental y los acompañamientos vocales, y su presencia reservada y distante -para nada fingida ni chulesca sino impuesta seguramente por una cierta timidez en el escenario-), con un algo de esfinge, con un punto también gatuno (aquellas líneas de Rodrigo García: "el pensamiento hermético que, a veces, se enreda en su cerebro...") y con esa circunspección siempre atenta que nunca dejaré de relacionar con la Leticia Valle chaceliana. Me llevaba a evocar algo que me había impactado años antes pero no conseguía explicitar como recuerdo, salvo en calidad de deja-vu.
Por fin, hace un par de meses, al revisar en sala de cine el clásico BLADE RUNNER y toparme con los ojos reflectantes de la letal y hermosa Zhora, la ágil y mimética Pris, el magnífico y crístico Roy Batty, más esa apoteosis del romanticismo callado y consumido en sí mismo que es Rachael (un a modo de Adele Hugo ciborgánica, obsesionada con la demoledora problemática de su identidad existencial), comprendí la raíz de ese deja-vu.
Clara en escena, batería eléctrica cargada de emoción desde su aparente desapego, es la antimateria de, por ejemplo, una Isabel Pantoja exhibiendo con pornográfica estridencia emociones de cartón piedra que ocultan un cerebro más afín, en su cálculo y arribismo impenitente, a la Niña Mala de Vargas Llosa o a una Viuda Negra de LOS SOPRANO con moño y peineta.
La compleja simplicidad del cyborg, la neta pureza de la entidad artificialmente inteligente (la cual, contra nuestra constante voluntad de entropía, sólo apetece jugar una partidita de ajedrez con su creador), el encanto de esos humanos callados con algo de ingenuismo maquinal o de animalidad furtiva en su modo de comunicarse (generalmente, los más incapaces de mentir), frente a la agobiante y simiesca y falaz exuberancia de la sobredosis emotiva vuelta bucle histérico, del rollercoaster hormonal degradado en estereotipo kistch, de la bufonería histriónica utilizada como arma de chantaje y juego sucio. Ese algo misterioso de integridad inhumana (bendita inhumanidad de los animales y de los autómatas) al que yo me refería en mi canción EL ETERNO FEMENINO.




Diez años después de mi fijación obsesiva con los mutantes diabólicos, la supervillana Madame Hydra y el sintozoide La Visión, los replicantes supusieron un nuevo hallazgo en mi busca de carismas sobrehumanos. La desesperación con rasgos de desgarrado humor de Roy Batty enlazaba con el dios sacrificial Magneto y presagiaba al Cristo que hoy nos merecemos, Hannibal Lecter (el clavo en la mano del replicante y la crucifixión entre cerdos del buen doctor implican un mensaje similar de condena a lo humano como intermedio atroz y abyecto entre la inocencia de la bestia y la supraconsciencia del ángel -ese ángel que, atisbado por Nietzsche, se depuraría con Jünger en las figuras del Emboscado y del Anarca-). La explosiva combinación de brutalidad y sex-appeal de Zhora, hembra predadora en perpetua alerta, tenía algo de las feroces a la par que conmovedoras supervillanas de la Marvel. El aura de muñeca de Pris, con su peluca a lo Warhol (el hombre-cámara), seductora de marionetistas misántropos, de outsiders ramonianos, era también muy sugerente en su falsa fragilidad. Y, claro, la llama viva del robot más amoroso del mundo, el más acabado prototipo de Nexus, la transmutación ciborgánica de la sobrina de Tyrell. Por aquella misma época esta paradójica criatura se reflejaba (en el cosmos marveliano) en la figura de la metálica Yocasta, cuyas formas invulnerables aceradamente titánicas guardaban un corazón dulce y henchido de potencialidades afectivas. También la Marvel, por ese tiempo (yo descubría a la sazón estas creaciones por los tebeos Forum que coleccionaba Antonio Zancajo), sacó su versión femenina de superpredadora replicante, la multiforme Mística, de sexualidad no menos sinuosa y polimorfa, y tan implacable, desde su femineidad heredera de la estirpe de Lilith, como los luciferinos Magneto y Roy Batty.


