ES TIEMPO DE FASSBINDER: LA RULETA CHINA
«Es tiempo de caldo.» (dice alguien en TOMATES VERDES FRITOS)
Ahora, cuando uno ya se encuentra de veras más allá del fracaso (como puede presumirse por algunos de mis últimos escritos tanto en los blogs como en la web), cuando uno (superada la ingenuidad zurdesca, el infantil ludismo celiniano) se cansa de hablar del suelo que se cuartea(rá) bajo nuestros pies, cuando uno se siente más profundamente cerca del último Drieu y de las radiografías de Ballard, es tiempo de Fassbinder, a quien estoy descubriendo a través de preci(o)sas entregas que me va pasando el bueno de Charlie M, por aquello de su gen teutón.
Ni a Charlie ni a mí, obviamente, nos interesa el Fassbinder topicasso de QUERELLE (al que adoran quienes blanden el affiche warholiano en el altar profano de su retrete). Preferimos al Fassbinder nihilista, al Fassbinder post-todo, al Fassbinder megahijo de puta que (de vuelta de cualquier ingenuidad) no hablaba con afanes sibilinos sino que filmaba y vivía en tiempo presente el suelo que, cada x tiempo (tiempo de Fassbinder), se cuartea bajo nuestros pies. El cineasta de la crueldad que había atisbado meses antes (y, entonces, me repugnó -ahora, en cambio, me empieza a caer simpático-) en cierto artículo del fanzine SMILE.
El primer plato que me deparó Charlie fue LA RULETA CHINA, tan setentera en sus juegos de burgueses aburridos de todo y, por tanto, maduros para cualquier barbaridad. Burgueses como ratas de laboratorio moviéndose en antiguas mansiones, a punto para la catarsis asesina o para la adicción a tal o cual pozo sin fondo (ese no fondo que -lógicamente- está siempre por debajo del suelo que se cuartea). Burgueses vistos previamente en mi película definitiva (la que, después de adorar durante más de cinco lustros, hoy empiezo a vivir como una más de sus marionetas), LA GRANDE BOUFFE. Pero también en films franceses de Buñuel padre y Buñuel hijo. O en la viscontiniana CONFIDENCIAS. O en la pasoliniana TEOREMA. Incluso hay ecos en ARREBATO (cuando el cuarteto protagonista se interrelaciona en la casa rural de la madre de Marta y tía de Pedro y comienza la catarsis). Pero ésta de Fassbinder es más cool (yo diría incluso freeze, con una estolidez perversamente dreyeriana), sin melancolías ni excesos mediterráneos, sin esperpento surrealista, sin frenesí heroinómano, tan apasionadamente gélida como sólo un alemán puede manifestarse (incluso en el irónico cameo sonoro de KRAFTWERK esto se recalca). Muy interesante el demoledor juego con el cual los protagonistas se inflingen sus TACs psicológicos. El eslabón más débil (es decir, el más fuerte por su calidad de detonante trágico), con su belfo tan solondziano a lo Wienerdoggie, con sus muletas y sus tirabuzones y sus muñecas y sus dosis quasi atómicas de mala hostia, obviamente, fue el centro de mi atención y recreo para ulteriores desahogos oníricos. La madre, perfecta en su anticlimático y sofócleo rol. Y el grotesco hijo de la guardesa (degradada caricatura de joven hitleriano cebado/castrado por el desarrollismo federal de ocupación), con sus blasfemas veleidades nietzscheanas, resulta otro personaje notable. Amén, claro, de la institutriz muda, aún más inquietante por el parecido (un a modo de sosias en rubio) de la actriz con uno de mis fetiches eróticos de prepubertad, la gentil Diane Baker.
En otras entregas de este blog, continuaré comentando más manjares de RW (manjares arriesgados -como el pez piedra-).
Acabemos en final abierto e interrogante, como la propia película.


