14/04/2008

A OLGA BARRIO (ELEGIA REPUBLICANA)



[reelaboración de un poema leído por RNE el 7 de abril de 1989 como lamento por su ausencia del último Telediario]



«Yo me difundí en el silencio...» (ROSA CHACEL)



Olga barrió las cenizas de una esperanza hecha trizas.




 

Olga Barrio nos mira y nos asusta tanto con su voz en los ojos que se extiende hasta el tiempo de soñar con Leticias, chacelianos proyectos, diosas inteligentes que seducen pensando.






Olga Barrio nos habla y nos hace balances de la Historia inminente, con sus ojos que dicen, y se rompe la inercia de banales servicios con el tácito guiño de su sola presencia.




 


Olga Barrio es un canon de belleza escondida en repúblicas muertas que jamás existieron salvo en las intuiciones de unos pocos maestros: es la imagen discreta que no admite cinismos.







Olga Barrio nos sume en su hálito perdido de heroína ilustrada ajena al esperpento, con la que hablar de mucho sin sentirse frustrado y dar a los silencios categoría de Arte.







Olga Barrio es el agua separando el aceite de esta balsa conversa que corrompe utopías: y su sobria elegancia, mucho más sugerente que todas las muñecas del pensamiento débil.







Olga Barrio, en su adentro, quizás nos equivoque y nos rompa el poema y nos manche el retrato escindiendo su fondo de su iconografía (o quizás no -quién sabe- pero no viene al caso: importa la mirada, su fulgor chaceliano de diosa inteligente que seduce pensando).  







Algo borra los confines de lo que creí recuerdo.











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24/03/2008

LA QUE HUYE



(publicado en el fanzine de poesía "O MARAMBO" -a mediados de 1990-)



«Quo vos vi!.... Quo vos vey!» (BERNARD DE MARJEVOLS)



La encuentran cazadores por el bosque desnuda,

Esclarmonde la llaman los árboles y pájaros,

las setas y las flores, los osos que la cuidan.

Los hombres la acosan, le tienden sus celadas,

sus redes y sus trampas. Las bestias la defienden.

Las armas han hablado: hay animales muertos,

hay luto en los aullidos de la ama salvaje

trepando hasta las peñas más altas sin descanso.

El olor del soldado, de arreos y armaduras,

la persigue sin tregua en la tarde que acaba:

han pasado seis siglos y todo se parece.






foto: CASILDA D. MENTE


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09/02/2008

LOS SUEÑOS



(versión revisada de un texto que ahora mismo no recuerdo dónde lo hice público)


Suelo recordar los sueños, suelo enlazarlos con otros ya soñados:

con Malicias de Beardsley que nacieron con Carroll como niñas atentas a mundos que se ocultan del mundo entre cuatro palabras (= un cuento);

con instantes extensos de intensidad difusa, de intensidad confusamente inconfundible como son las infancias, como son las estancias en parajes cerrados a lenguajes adultos ateridos de años que jamás se han vivido pues jamás se soñaron;

con visiones de hierro mohoso entre las brumas de bosques transitados por locos mendicantes persiguiendo quimeras tan ciertas como el Tiempo (o más, por anteriores);

con extremos del plano en que nos viven, con finales de la tierra ignorada por tan sólo existir en la vigilia cuando apenas se sabe lo que somos, cuando llega a olvidarse Lo Sagrado;

con mujeres que aguardan emboscadas en cuadros de Rossetti, de Holman, de Burne-Jones, de Millais, despertando conciencias embotadas, insomnes, indemnes al asalto de fuerzas invisibles para los que no cierran los ojos a las cosas;

y con... (también sueño con...).

Suelo recordar los sueños, suelo enlazarlos con otros ya soñados.





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15/07/2007

ENVIRONMENT

(idea para cuento pergeñada sobre 1985)

 

La mujer juega con las gafas de sol. Angeles y ninfas en piedra artificial salpican el césped. Un hombre con mono azul y gorra de ciclista limpia la piscina con suma lentitud. Varios cachorros de cocker corretean cerca del seto. En la estantería del porche hay ejemplares de READER'S DIGEST, novelas de Francoise Sagan y Vicki Baum, un manual de jardinería, otro de cocina china y una antología de relatos truculentos seleccionados por Hitchcock.

La mujer se mira con disgusto las uñas. En lo alto del alerce se ha posado una abubilla. Por la vecina carretera general, cupés y rubias parecen competir en dirección hacia la playa. Un Jaguar E color rosa remolca una lancha motora. Ruido de llantas sobre los guijarros: el seto oculta un vehículo que se interna por el camino de la urbanización. Se oye lejanísimo, casi intuyéndose, el mar.

La ciudad Venera Bay, lugar de nacimiento de la pelirroja Andrea Malone, duerme miniaturizada en una bola de cristal al lado de los libros. Si se agita la bola, formas blancas que recuerdan albatros se mueven como si volaran. La mujer, tras apurar su vaso de tónica, saca de un cajoncito un frasco de laca y una lima de esmeril. El hombre del mono ha sacado de la piscina algunos cadáveres (tres ranas, un petirrojo, cinco saltamontes y una mantis a medio desarrollar), que contempla con expresión reconcentrada.

Los cachorros de cocker se persiguen alrededor del alerce. Detrás de la mujer, colgada en la pared del porche, hay una foto de una chiquilla como de unos siete años abrazada a un libro de Enid Blyton. A su lado, la puerta a medio cerrar, de madera, con barrotes negros de hierro forjado y un gran cristal esmerilado de color verde amarillento. Dentro de la casa se oye la televisión (¿DAKTARI?).

Un joven de aire tímido entra en el jardín. Habla unos momentos con el hombre del mono. Este le señala a la mujer, que, extrañada, ha dejado de arreglarse las uñas. El joven se acerca al porche. Saluda con un cierto titubeo.

-Me... me manda la agencia.

-¿La agencia?

-Usted pidió un taxidermista...

-Oh, sí... Quería conservar a Prometeo, mi carcayú. Murió de un cólico anteanoche.

A medida que hablan, el cielo se va nublando poco a poco. La televisión emite música de Bernard Herrmann. El hombre del mono, con disimulo, se dispone a devorar el cadáver pubescente de la mantis. Los cachorros de cocker se muestran inquietos, abandonan sus juegos y comienzan a gemir lastimeramente. Por la vecina carretera general, un Jaguar E tuneado como coche fúnebre remolca una reproducción a escala 1:3 del buque fantasma de los cuentos. Rompe a llover: los ángeles y ninfas se oscurecen y lloran.

 

 

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05/07/2007

SINCRONIZACION


 

La mitad más débil de la ecuación redime a la otra mitad de su presunta fortaleza.

Ello ocurre (día tras noche -y ocaso tras madrugada-) en la guarida fraterna, oculta en plena jungla de vaginas trifurcadas. Utiles de acero quirúrgico, de geometría imposible por lo real (listos para cortar lo gordianamente indisociable -trinchantes del Destino-), se recogen en el cajón de la cubertería.

El espejo y la sombra, la carne latente que reclama volver a la raíz, a la cuna donde las almas se recuestan en sus propios muñones.

 

-Oh, Beverly, brother, let it be me...

 

 

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28/05/2007

UOMO LESBICO (EL POEMA)


 

No puedes ser contrario, sólo espejo,

pero ellas preferirían lo contrario:

el macho que se inventan al mirarte,

no su reflejo (que lo eres y que niegan).

 

Tragedia del amor ornitorrinco,

tan raro que ni en GOOGLE puede hallarse:

amor anómalo, más loco que ninguno,

tan tuyo que sin él ¿qué serías? (nadie).

 

Conoces, por instinto, los senderos

de la complicidad más femenina

(¿y qué? -quienes mejor podrían gozarlos

no los admitirían de tu mano-).

 

Tragedia de un amor nunca entendido

que sólo te depara soledades:

amor tan íntimo, más bello que ninguno

(sin él serías -¿verdad?- menos que nadie).

 

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21/05/2007

MARIA Y AMARANTA (la prosa)

(texto leído el 18 de febrero de 1990 en el microespacio que hacía en RNE dentro del magazine dirigido por Carlos Tena)

 

María y Amaranta viven en una buhardilla de la plaza de Chueca. María y Amaranta viven en un palacete cubierto de hiedra. María y Amaranta viven en un apartamento cerca de los Nuevos Ministerios.

María tiene algo de más edad que Amaranta según el carnet de identidad pero Amaranta es mucho mayor que María según las trazas y el espíritu.

María es risueña y tendente al infantilismo. Su colección de muñecas causa pasmo a las visitas. También adora los museos de autómatas. Le encantan los bombones de licor y no parece preocuparse lo más mínimo por los michelines que, sin prisa ni pausa, asoman a su cintura.

Amaranta es seria y prematuramente madura. Da excesiva importancia a todo y gusta de filosofar y comprometerse. Siente unos celos tremendos de los hombres que requiebran a su amiga. Los insulta. Los amenaza. Los maldice. Llora muchísimo en brazos de María. Esta abandona súbitamente su corteza de pepona y toma las riendas por un rato de la situación.

María es más calculadora. Amaranta, más impulsiva.

María compra maría, que acaba fumando Amaranta. Y Amaranta aparece con coca, que apenas cata por culpa de María.

Una es amoral. La otra, no. No es cuestión de calidades sino de temperamentos: ¿acaso la moral no es otra cosa que un rasgo caracterológico?

 


Amaranta y María viven de las rentas que dejaron los familiares de la segunda: con ese dinero, Amaranta decidió abrir una librería dedicada a la literatura fantástica. Ella se encarga de administrar el negocio. María atiende a los clientes. Amaranta, en el vecino despacho, se mortifica a veces cuando su amiga habla largo rato con alguien. Una charla cordial, distendida, con puñales de risa que desgarran el corazón de Amaranta como el de una Virgen Dolorosa. Hay ocasiones en las que, azuzada por la angustia, irrumpe hecha una furia por entre los estantes y espanta al moscón, el cual, casi siempre, se va sin comprar. Entonces, María la reprende y se burla hasta que la celosa coge un berrinche.

A María le excita sentir el tibio llanto de Amaranta correr por su pecho hasta perderse en el ombligo y los michelines. Hunde su indolente rubicundez en la fosca melena que acaricia su cuello. Y la acuna. Y la consuela con frases llenas a la par de cinismo y ternura. Y comprueba cómo se funden y confunden las respiraciones: una, poco a poco serenándose; la otra, a cada momento más agitada. Amaranta se diluye en un débil ronroneo, abdicando de su rol de quijotesa hasta la siguiente jornada. María, en cambio, con la mirada brillante más allá de la pared, susurra al oído amigo planes completamente faltos de escrúpulos y llenos de ambición, de egoísmo a compartir, de soberbia, de cuya maternidad renegará convenciendo a Amaranta de "qué buenas ideas tiene". Posteriormente, ésta los pasará por el tamiz ético antes de llevarlos a cabo y de ese modo la falta de escrúpulos, la ambición, el egoísmo y la soberbia menguarán y perderán su mordiente.

Sobre el cristal, despacio, con deleite...

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03/04/2007

LA CONSAGRACION DE LA PRIMAVERA

(versión apenas retocada del texto leído el 17 de marzo de 1989 en el microespacio que hacía en RNE dentro del magazine dirigido por Carlos Tena)

 

Soñé contigo la pasada noche. Te habías disfrazado de primavera y me anunciaste tu llegada para la semana siguiente.

Te obstinabas en espigarte. Lo hacías del modo más naif (como si los dioses, al concebirte, se hubiesen creído Hugo Pratt). Una boina enorme y morada, hígado de algodón, coronaba tu esbeltez. Encima de todo, un pompón se agitaba al compás de tus atentas intenciones. Y vestías un jersey de lana, suave, esponjoso, con reflejos magenta y cuello vuelto, sobre el cual una bufanda ligera, blanca con muchas violetas estampadas, se movía con el viento. Una falda escocesa hasta media pierna expresaba geométricas tradiciones en líneas amarillas que acotaban cuadros negros y verdes. Bajo la falda asomaban unos botines oscuros con algo de tacón. Al verlos pensé en aquella novia de Polanski que ascendió a los cielos con las botas puestas cerca de Nevada.

Entre un cielo de plata y un gran lago de húmedo césped, tú jugabas al cricket: el palo era una garza y la pelota, una cría de pangolín. Me sentí tan turbado en tu presencia que, por evitar meter la pata y que te esfumases, me transformé en perrito pellejudo, de esos chinos tan caros, y me tendí a tus pies intentando conmoverte.

 

Tú continuaste unos minutos el juego. Después, dejaste en libertad a la garza y besaste en el lomo al pangolín, que salió pitando hacia el bosque. Yo, en tanto, me purgaba con tréboles y moqueaba ostensiblemente, molesto ante tu indiferencia.

Por fin me agarraste del aterciopelado pellejo impúber y, elevándome a la altura de tu ceño, te encaraste con mi húmedo hocico. Sabías de sobra que me resultaría difícil sostenerte la mirada. No era sino un cachorro pellejudo, incapaz de permitirme diálogos visuales con alguien tan primaveral como tú.

Acabé resbalando por tu mirada (incluso más abajo -vamos, que me meé-). Eres de esas mujeres que parecen siempre recién levantadas. En tus ojos entornados se van abriendo las persianas a un nuevo día y se huele a desayuno en tu aliento. Tu expresión, siempre en constante amanecida. Aquellos que buscan una muñeca casual con la que no cruzar la madrugada habrán de quedarse muy chasqueados si se topan con esa ironía tibia que pregunta, a cualquier hora: "¿YA ES DE DIA, TAN PRONTO?".

Desayunamos junto a la ventana, frente a una playa desierta y a un Atlántico nublado al que se arrojan las miradas para hacer ejercicio. Tú mordisqueas con deleite una tostada chorreando confitura de naranja. Tu forma de masticar te hace ante mis ojos más angloirlandesa que nunca. Yo, naturalmente, ya no voy de pellejudo: en atención a la mañana, me he convertido en un espléndido seductor de sesenta años, a tope de elegante decrepitud, y me desayuno con tu compañía y una taza de té, con la plena conciencia de que, como siempre ocurre, perdida la partida, volveré a despertar solo, relamiéndome las partes como un perro viejo.

 

 

Tú me habrás dejado en una servilleta este telegrama del poeta Cirlot:

 

"A veces

sueño con Inglaterra (litorales,

comarcas azuladas).

 

Tú resides

en la casa vecina. Crecen lilas

casi junto a las olas desoladas.

 

Vivimos en un mundo

donde el amor no necesita apenas

sentirse desgraciado para serlo."


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01/04/2007

EL CULO DE MEG GRIFFIN (the Meg Griffin's ass)

(greguerías rijosas inspiradas en cierto episodio de la serie "FAMILY GUY")

 

El culo de Meg tiembla como dos enormes igloos de mozzarella aromatizados con fresa.

El culo de Meg tiene los lunares justos (pocos, espaciados y pequeñitos) para hacerlo más entrañablemente real.

En su ojetillo hay enanitos asomados con impermeables (como turistas visitando las cataratas del Niágara) cuando Meg juega sola.

Rescatamos a Stewie agarrados a la cuerda, recorriendo el corredor rectal, en cuyas paredes vimos piercings (lágrimas de esmeralda y rubí, como joyas de Dalí) y graffitis que decían "HOUSE WAS HERE!!!".

Todos salimos cubiertos de mocarradas ectoplastas (gelatina verde que olía a demonios) pero nos lavamos en sus yodados y sabrosos humores, cual spot de crema regeneradora de la dermis.

Alrededor de su ojetín las estrías, caleidoscópicas, se nos antojan cristalizaciones de caramelos de violeta. De hecho, Juan Kaldo, un cocinero de Orio devoto de Arzak, gusta de servir sus flores de lombarda al hielo seco arracimadas sobre lecho de culo de gordi, por la sincromía violácea que tanto incita al apetito.

El culo de Meg, tan tembloroso y nacarado, es la puerta que nos une a universos paralelos (de colores).

 

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