(versión apenas retocada del texto leído el 17 de marzo de 1989 en el microespacio que hacía en RNE dentro del magazine dirigido por Carlos Tena)
Soñé contigo la pasada noche. Te habías disfrazado de primavera y me anunciaste tu llegada para la semana siguiente.
Te obstinabas en espigarte. Lo hacías del modo más naif (como si los dioses, al concebirte, se hubiesen creído Hugo Pratt). Una boina enorme y morada, hígado de algodón, coronaba tu esbeltez. Encima de todo, un pompón se agitaba al compás de tus atentas intenciones. Y vestías un jersey de lana, suave, esponjoso, con reflejos magenta y cuello vuelto, sobre el cual una bufanda ligera, blanca con muchas violetas estampadas, se movía con el viento. Una falda escocesa hasta media pierna expresaba geométricas tradiciones en líneas amarillas que acotaban cuadros negros y verdes. Bajo la falda asomaban unos botines oscuros con algo de tacón. Al verlos pensé en aquella novia de Polanski que ascendió a los cielos con las botas puestas cerca de Nevada.
Entre un cielo de plata y un gran lago de húmedo césped, tú jugabas al cricket: el palo era una garza y la pelota, una cría de pangolín. Me sentí tan turbado en tu presencia que, por evitar meter la pata y que te esfumases, me transformé en perrito pellejudo, de esos chinos tan caros, y me tendí a tus pies intentando conmoverte.

Tú continuaste unos minutos el juego. Después, dejaste en libertad a la garza y besaste en el lomo al pangolín, que salió pitando hacia el bosque. Yo, en tanto, me purgaba con tréboles y moqueaba ostensiblemente, molesto ante tu indiferencia.
Por fin me agarraste del aterciopelado pellejo impúber y, elevándome a la altura de tu ceño, te encaraste con mi húmedo hocico. Sabías de sobra que me resultaría difícil sostenerte la mirada. No era sino un cachorro pellejudo, incapaz de permitirme diálogos visuales con alguien tan primaveral como tú.
Acabé resbalando por tu mirada (incluso más abajo -vamos, que me meé-). Eres de esas mujeres que parecen siempre recién levantadas. En tus ojos entornados se van abriendo las persianas a un nuevo día y se huele a desayuno en tu aliento. Tu expresión, siempre en constante amanecida. Aquellos que buscan una muñeca casual con la que no cruzar la madrugada habrán de quedarse muy chasqueados si se topan con esa ironía tibia que pregunta, a cualquier hora: "¿YA ES DE DIA, TAN PRONTO?".
Desayunamos junto a la ventana, frente a una playa desierta y a un Atlántico nublado al que se arrojan las miradas para hacer ejercicio. Tú mordisqueas con deleite una tostada chorreando confitura de naranja. Tu forma de masticar te hace ante mis ojos más angloirlandesa que nunca. Yo, naturalmente, ya no voy de pellejudo: en atención a la mañana, me he convertido en un espléndido seductor de sesenta años, a tope de elegante decrepitud, y me desayuno con tu compañía y una taza de té, con la plena conciencia de que, como siempre ocurre, perdida la partida, volveré a despertar solo, relamiéndome las partes como un perro viejo.
Tú me habrás dejado en una servilleta este telegrama del poeta Cirlot:
"A veces
sueño con Inglaterra (litorales,
comarcas azuladas).
Tú resides
en la casa vecina. Crecen lilas
casi junto a las olas desoladas.
Vivimos en un mundo
donde el amor no necesita apenas
sentirse desgraciado para serlo."